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domingo, octubre 15, 2006

El universo es amable

Hay quien dice que la vida es amable y agradecida para aquellos que ansían vivir, que ponen toda la pasión y entrega en cada cosa que hacen, que luchan y sufren cada día con la ilusión de hacer las cosas.
No sé si esto es cierto y no ni sé si yo hago las cosas con pasión todos los días -no todas al menos-, lo que sí sé es que hoy el universo me ha hecho un gran regalo.
Es el último día que estoy en el telescopio porque al mediodía ya se termina nuestro periodo de observación y bajamos a la ciudad. Probablemente sea la última vez que venga aquí a observar, ya que estoy en mi último año de tesis y no creo que haya mucho tiempo para más observaciones. Y como regalo -quiero creer que por todo lo que me gusta, por la alegría que me supone estar aquí y que demuestro, por la ilusión que me destila por todas partes cuando estoy aquí- he tenido una visión maravillosa.
A pesar de las nubes, hemos abierto el telescopio. Al subir a la cúpula para abrirla, aparece de repente un cielo precioso y mágico. Nubes altas, que molestan para ver el sol pero no para mirar hacia abajo. Y qué hay hacia abajo? Un cielo limpísimo, perfecto. Se podía ver el horizonte casi hasta el pundo de ver curvarse la tierra por todas direcciones. Ciudades con una claridad inusitada, las otras islas cercanas distinguiendo cada pequeño recodo de las montañas, el mar con sus corrientes, corrientes que parecen hilos de plata derramados por una mano infantil mientras jugaba sobre un tanque de agua. El azul oscuro del mar se abre rindiendo pleitesía al brillante azul de las corrientes marinas que se adivinan hasta la lejanía.
Un clima de quietud y silencio envuelve todo, como si fuese una fotografía en tres dimensiones en la que poder moverse. Un halcón cruza lento el cielo casi a la altura de mi ojos, subiendo y bajando como una figura de tiovivo en el casi inexistente viento.
La gente del Gregor elige ese preciso instante para abrir la cúpula del telescopio y la veo en marcha por primera vez. Se abre como un capullo de flor, con su cubierta de tela extraña, lentamente, dulcemente, como si fuesen las caricias de unos amantes. Si uno se distrae, ni se da cuenta que se mueve, igual que si no comparte la situación de los amantes no comprende lo que hacen. Avanza y baja la cúpula hasta dejar al telescopio desnudo, al aire, para que yo lo comtenple quizá por última vez.
El frio de la mañana estimula la sangre de los brazos, desnudos por una camiseta de manga corta, mientras el sol atraviesa las nubes como puede para calentar el posible exceso de frio y permitirme disfrutar de todo con calma.
Dando vueltas sobre mi mismo, contemplo el mundo en 360 grados desde mi atalaya. No tengo la cámara pero tampoco me importa. No la necesito y no sería capaz de captar esto en una foto, ni en un vídeo, ni siquiera en palabras. Pero algo tiene que quedar para dejar constancia de ello, de este regalo, de una de mis mayores ilusiones que quizá se quede dormida, hibernando -nunca morirá- por mucho tiempo, hasta que vuelva a otro telescopio. Nunca será igual. Pero nada es nunca igual.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

sabes escribes muy bien, me ha encantado lo de big fish y el arco iris ^^ anda anda escribe más que desde octubre no actualizas

1:11 a. m.  

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